El costo de la guerra: cómo un conflicto erosiona el desarrollo económico de un país

La guerra es, ante todo, una decisión de asignación de recursos bajo estrés. Y en economía, pocas decisiones son tan regresivas para el desarrollo como sustituir inversión productiva por gasto militar sostenido. El caso de la ofensiva ordenada por Donald Trump contra Irán —que, según estimaciones preliminares, ya habría superado US$1.000 millones— ilustra el mecanismo: el costo visible (misiles, horas de vuelo, despliegues) es solo el primer renglón de una factura que se multiplica cuando el conflicto altera energía, comercio, inflación, expectativas y riesgo país.

En el corto plazo, los gobiernos pueden presentar el gasto bélico como “extraordinario” y financiable. En el mediano plazo, la guerra se convierte en un impuesto no legislado: más deuda, más primas de riesgo, menos espacio fiscal y una economía que posterga productividad a cambio de seguridad. Y en el largo plazo, la cuenta se paga en forma de menor crecimiento potencial, deterioro institucional y pérdida de capital humano.

1) La guerra tiene “costos contables” inmediatos… y son enormes incluso antes del combate

En el caso reportado, el gasto no se limita a una operación puntual. La dinámica típica comienza con el despliegue (mover tropas, portaaviones, aviones, municiones) y luego escala con la intensidad operativa.

Los datos citados dan una idea del ritmo de quema fiscal:

  • Más de 1.250 objetivos atacados en 48 horas, con uso de múltiples sistemas.
  • Tres F‑15E derribados: al menos US$300 millones en pérdidas si se asume un costo cercano a US$90 millones por aeronave.
  • Despliegue previo estimado en US$630 millones.
  • Costos unitarios que se acumulan rápido:
    • Drones de un solo uso: alrededor de US$35.000 cada uno (si se usan a gran escala, suman decenas de millones).
    • Misiles Tomahawk: aproximadamente US$2 millones por unidad.
    • Interceptores THAAD: alrededor de US$12,8 millones por interceptación.
    • Bombarderos B‑2US$130.000–150.000 por hora de vuelo (operación, sin contar otros costos de campaña).
    • Portaaviones: estimaciones históricas y recientes sugieren costos diarios en el rango de millones de dólares por día por unidad, según despliegue y operación.

Lo relevante para desarrollo económico es que este gasto es altamente intensivo en capital, urgente, y con bajo “multiplicador” social: no construye infraestructura civil, no mejora productividad, no eleva capital humano de la población general.

2) El costo real de una guerra es macroeconómico: energía, inflación y riesgo

Kent Smetters (Penn Wharton Budget Model), citado en la nota base, plantea que el costo para contribuyentes podría ubicarse entre US$40.000 millones y US$95.000 millones, según duración, y que la pérdida económica total para EE. UU. podría ir de US$50.000 millones a US$210.000 millones por disrupciones en comercio y energía. Ese salto entre “gasto militar” y “costo económico” es el corazón del problema.

Tres canales convierten balas en menos desarrollo:

a) Energía como impuesto global

Cuando el conflicto amenaza rutas o producción, aparece una prima de riesgo en petróleo y gas. Eso:

  • encarece transporte y logística,
  • presiona inflación,
  • obliga a bancos centrales a sostener tasas altas por más tiempo,
  • reduce consumo e inversión.

b) Riesgo y costo del capital

En guerra, el mercado no discute solo “quién gana”, sino “cuánto dura” y “qué se rompe”. La incertidumbre eleva la prima por riesgo, encarece crédito y frena proyectos de inversión. Para países emergentes, el golpe es mayor: el costo de financiamiento sube más y la moneda suele depreciarse, encareciendo importaciones estratégicas.

c) Comercio y cadenas de suministro

Cierres de espacio aéreo, seguros más caros, desvíos de rutas, y controles adicionales elevan tiempos y costos. El crecimiento se resiente no porque “falte demanda”, sino porque la economía se vuelve menos eficiente.

3) El desarrollo se frena por “crowding out”: menos Estado productivo, más Estado de guerra

El dilema es fiscal: cada dólar a la guerra compite contra gasto con retorno social alto. En países en desarrollo, esto es más dramático porque el presupuesto ya es limitado.

La guerra desplaza (o posterga) inversiones clave:

  • infraestructura logística y energética,
  • educación y formación técnica,
  • salud preventiva,
  • innovación y digitalización del Estado,
  • seguridad ciudadana y justicia (que también son “economía”, porque reducen costos de transacción).

En teoría, parte del gasto militar puede derramar en industria y empleo. En la práctica, el derrame es concentrado, tecnificado y con poca difusión, mientras la carga (impuestos, inflación, deuda) es generalizada.

4) Los costos que casi nunca se contabilizan: veteranos, reposición, deterioro institucional y capital humano

Las estimaciones de “Costs of War” de la Universidad de Brown suelen enfatizar que el costo de las guerras modernas incluye rubros diferidos: atención a veteranos, intereses de deuda, seguridad interna y reconstrucción. La nota base recuerda una cifra de largo aliento: US$5,8 billones gastados por EE. UU. en guerras desde el 11‑S (incluyendo rubros más allá de operaciones directas).

Para un país, esto significa que la guerra crea pasivos de larga duración:

  • gasto médico y pensional,
  • reposición de inventarios y equipos,
  • degradación de confianza institucional,
  • pérdida de capital humano por muertes, migración y trauma,
  • caída de productividad por interrupciones escolares y sanitarias.

En desarrollo, capital humano y confianza son motores del crecimiento. La guerra daña ambos.

5) El efecto geopolítico: cuando la guerra rediseña alianzas, mercados y sanciones

Un conflicto con Irán no solo es militar: activa o endurece sanciones, reconfigura alianzas y puede fragmentar mercados. Esa fragmentación tiene un costo económico estructural: más fricción, menos inversión transfronteriza, más gasto en defensa y seguridad privada, menos eficiencia.

En ese tablero, incluso países no beligerantes pueden pagar:

  • por energía más cara,
  • por volatilidad financiera,
  • por menor turismo y comercio,
  • por mayores costos de seguros y fletes.

Cierre: la guerra como “deuda oculta” contra el futuro

La cifra de US$1.000 millones puede sonar grande, pero en economía de guerra es apenas la puerta de entrada. El verdadero costo aparece cuando el conflicto se prolonga y se convierte en inflación energética, prima de riesgo, caída de inversión y recortes silenciosos al gasto que sí construye desarrollo. Por eso, la pregunta relevante para cualquier país no es cuánto cuesta disparar hoy, sino cuánto crecimiento se sacrifica mañana: la guerra no solo destruye activos; también erosiona el activo más valioso de una nación, su capacidad de producir bienestar sostenido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *